LE LECTURA PERFORMATIVA: CUANDO UN LIBRO SE VUELVE ACCESORIO.


En tiempos donde casi todo puede convertirse en espectáculo, la lectura —esa actividad tan íntima, tan silenciosa, tan profundamente personal— también ha sido arrastrada al escenario de la performatividad. Hoy, leer ya no es solo sumergirse en un texto, sino exhibirlo: mostrar lo que se lee, cómo se lee, dónde se lee y, sobre todo, quién observa que uno está leyendo. Es la lectura convertida en performance.

La llamada lectura performativa no es simplemente compartir un libro en redes sociales o recomendar lecturas. Es un acto calculado: colocar el libro como un objeto que decora la identidad, un accesorio que viste, un talismán que comunica “soy intelectual”, incluso cuando el fondo no acompaña la forma. Es la lectura usada como lenguaje visual, sin que exista una conversación real con las ideas del libro.


Uno de los ejemplos más mediáticos es el de Hailey Bieber, quien en un video de What’s in my Bag de Vogue sacó de su bolsa dos libros de filosofía para dejar ver —o insinuar— una faceta intelectual. El problema no fue que leyera filosofía, sino que el gesto era más performático que genuino: una curaduría estética de lectora culta, sin la profundidad que la lectura verdadera exige. Ese gesto expone una tendencia más amplia: la lectura como símbolo de estatus más que como práctica.


En TikTok ocurre algo similar. Abundan los videos de hombres leyendo en espacios públicos —bancas, cafés, parques— con un libro estratégicamente visible y una cámara aún más estratégicamente colocada. El objetivo es claro: capturar la atención de las mujeres, despertar admiración o deseo a través de la pose lectora. El libro sostiene la imagen, no la identidad del lector. Es, en una palabra, un accesorio.


Esta tendencia tiene algo problemático, pero también algo revelador. Problemático porque vacía la lectura de su valor sustancial, reduciéndola a una escenografía. Revelador porque nos demuestra lo mucho que culturalmente sigue significando leer: las personas aún atribuyen prestigio, complejidad y atractivo a quien sostiene un libro. El libro sigue comunicando, incluso cuando se usa superficialmente.


Pero ahí está el llamado de atención:

Los libros no son ornamentos. No fueron escritos para decorar bolsos, cafés o perfiles. Fueron escritos para ser entendidos, discutidos, subrayados, criticados, amados o abandonados. Para transformar, incomodar, cuestionar. La lectura auténtica siempre se nota, no por cómo se posa un libro, sino por cómo se habla de él, por cómo permea la mirada, la sensibilidad, la conversación.

La crítica no es a quienes comparten sus lecturas, sino a quienes las simulan. Porque la lectura, cuando es verdadera, nunca necesita performance: se basta a sí misma. Lo que comunica viene desde adentro, no desde la portada que se muestra hacia afuera.


Quizá la invitación final sea esta:

Se ve mejor saber que performar.

Se ve mejor leer para uno mismo que para la mirada ajena. Se ve mejor un lector silencioso, honesto, imperfecto, que alguien que usa un libro como quien usa unas gafas oscuras o una bufanda en verano: solo para verse interesante.


Leer es un acto íntimo. Convertirlo en espectáculo lo empobrece.

Pero leer de verdad —aunque nadie lo vea— sigue enriqueciendo.


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