A SU P*ERRA MADRE: LAS GROSERÍAS NO DESTRUYEN EL LENGUAJE; LO MANTIENEN VIVO.

Las groserías no empobrecen el lenguaje; lo hacen más humano. 



Nos han enseñado que las groserías son malas palabras. Que deben evitarse en la escuela, en el trabajo y, sobre todo, frente a los demás. Pero, ¿y si las malas palabras no fueran tan malas? ¿Y si fueran una parte natural —y hasta necesaria— de nuestro lenguaje y de nuestra forma de comunicar lo que sentimos?


Las groserías son un fenómeno fascinante del lenguaje humano. Aparecen en todas las culturas y en todos los idiomas. No existe sociedad sin palabras “prohibidas”, y eso nos dice algo importante: maldecir es una necesidad comunicativa. Cuando una emoción nos rebasa —ya sea dolor, frustración, enojo o incluso euforia— las groserías actúan como una válvula de escape emocional. Decir una grosería puede liberar tensión, reducir el dolor físico e incluso ayudarnos a sobrellevar el estrés.


Además, las groserías cumplen una función social. No siempre son insultos; a veces, son una forma de crear complicidad. Un “wey”, un “chingón” o un “carajo” pueden ser señales de cercanía, de humor o de confianza. En ese sentido, las groserías no solo expresan emociones: también crean vínculos.


Claro, el contexto importa. No es lo mismo decir una grosería en una conversación entre amigos que en una entrevista de trabajo. Pero negar su valor comunicativo sería negar parte de nuestra humanidad. Las “malas palabras” son, en realidad, palabras con mucha fuerza. Y el hecho de que sigan generando reacciones demuestra su poder en la comunicación.


Así que, más que eliminar las groserías, tal vez deberíamos entenderlas. Porque detrás de cada una hay una emoción, una historia y una cultura. Y eso, al final, también es lenguaje.


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